Quisiera haber podido amanecer a tu lado, abrazarte y besarte. Agradecer a Dios por este día y por estar juntos. Desayunar juntos, tomarnos las vitaminas e ir al gimnasio. Verte en los espejos correr en la caminadora, salir del gym frescos, renovados. Llevarte a tus oficinas, despedirnos con un beso largo de amor, esta vez me bajaría del auto para abrazarte con todas mis fuerzas.
Esa pudo haber sido la rutina mañanera de hoy, pero no lo fue.
Al escribirlo me pregunto: ¿era esa la rutina que queríamos?
No puedo responder. No puedo responder por tí. Tampoco por mí.
Porque no sé qué quiero.
Respiro profundo antes de llorar.
Esta es una gran oportunidad. La vida siempre ha sido generosa conmigo, te decía cuando platicábamos.
Esta es una gran oportunidad de comprenderme, de reconciliarme conmigo misma, de dedicar mi tiempo a crecer sanamente, de reparar sueños olvidados, de llenarme de amor propio.
Esta vez sí quiero llenarme de esa intención, no quiero desviarme en el camino para retornar y perderme de nuevo.
Si he de ser sincera, hay un lugar en mi corazón que me dice que quiero estar contigo, con un nuevo tú con parte de la esencia de este tú que ya conozco; una nueva yo con parte de la esencia de ésta que ya conoces. Poder verte después de nuestro viaje interior, reconocernos en la mirada del otro como grandes personas, con todo lo aprendido en nuestro corazón reflejado en la sonrisa. Entonces, juntos ya, construir no una ciudad, sino un universo.
Otro lugar en mi corazón, simplemente no sabe qué es lo que quiere, simplemente se esta lamiendo las heridas en un rincón esperando que dejen de arder hasta romperle en llanto. Cuando sane, regresaré a preguntarle qué quiere; probablemente tarde años para ese día.
Ahora sólo queda confluir en el tiempo, percibir solamente lo real, con un mucho de esperanza poder disolver la distancia, y con seguridad compartir felicidad.

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